Libro # 4


Serie Pequeñas Crónicas y Relatos Intranscendentes 




MUNDO REBULIO

Raimundo Ibáñez fue un hombre de talla diminuta, cuerpo enjuto, rostro fileño y macilento, ademanes breves y precisos y ojos astutos que parecían no tener reposo. Caminaba con lentitud, no pensando dónde poner el pie, sino con el claro propósito de no adelantar más de lo indispensable para evitar un ataque de sorpresa. Parco en el hablar, su conjunto estaba hecho para la concisión, para la precisión, para la brevedad.

Sin embargo, desde los tiernos años de la infancia y la juventud, Raimundo Ibáñez gozó del privilegio de ser el blanco de las miradas femeninas. Sin distinciones, desde la quinceañera que le brindaba

las satisfacciones de sus nacientes capullos, pasando por la veinte añera que le daba su rosa, hasta las flores marchitas y anhelantes del riego vivificante del amor de las que ya habían pasado sus mejores épocas.

Para ese entonces las familias más pobres de la región poseían una parcela de la que vivían. El dinero en efectivo poco importaba porque además de encontrarse en las manos de unos pocos, todos basaban la existencia en el pedazo de tierra y las cabezas de ganado que se tenían conforme a la capacidad económica.

Los padres de Raimundo poseían una parcela de la que sacaban para vivir sin contratiempos y sin agobiantes exigencias. La llamaron finca El Bobo, y se comunicaba por un lado con el pueblo de Ciénaga de Oro y por el otro con el caño de Aguas Prietas.

Allí, en esa parcela, nació Raimundo Ibáñez en un día de un mes y de un año que se perdieron en la memoria, porque hay cosas y personas que el tiempo retiene y tal parece que nunca nacieron o murieron. Están siempre ahí, frente a nosotros, y si preguntamos si son mito o realidad, nadie podrá respondernos.

La juventud y la preferencia que le daban las mujeres, hicieron de Raimundo un picaflor, pasando de un lecho a otro sin dejarse atrapar del amor. Se forjó el criterio de que las mujeres son sólo objetos carnales, sexuales, para usos breves. Por ello pasaba de cama en cama sin más compromiso que el de cumplir el papel de macho. La aparente atracción de una mujer cesaba desde el momento después de eyacular sus bajas pasiones y su única meta estaba fijada en copular con dos o tres mujeres diferentes cada día.

Las exigencias sociales le obligaron a presentar a una mujer como compañera y se decidió por Concepción Vásquez, a la que todos conocían con el apelativo de Concha. En El Bobo vivieron tres años de completa felicidad, pero la mujer, favorablemente, no hizo honor a su nombre.

En el período de juventud fue hombre laborioso y si adquirió fama de mujeriego no fue su culpa. Tímido, introvertido, evitaba mirar a las mujeres. Solamente la pelambre de sus brazos y pecho se erizaban flagrantemente al sentirse atraído por una mujer lo que ella notaba de inmediato. Dejar la iniciativa a las damas le resultó productivo, por cuanto desde las jovencitas que le entregaban las primicias de sus cuerpos hasta las otoñales que veían en su timidez la oportunidad de desfogar clandestinamente sus apetencias, no esperaban retribuciones de ninguna clase.

Pero todo tiene un fin, y el de la timidez, la introversión y el dejar hacer de Raimundo Ibáñez, desapareció como por encanto el día que cumplió los veinte años y dejaba de ser niño para considerarse hombre. Invitado por los amigos probó por primera vez el licor y, perdida la conciencia, se convirtió en el horror del pueblo. El alcohol sacó de las profundidades de su ser la perversidad, toda la maldad que pueda encerrar un cuerpo humano y se inició su triste fama.

Ese día pasó de la euforia al crimen y cometió el primer delito. Ciego, llegó al hogar y por cualquier minucia discutió con su mujer y sin pensarlo dos veces le propinó un profundo machetazo en el cuello por donde se escapó la vida de Concepción.

Los amigos le ayudaron a urdir una mentira que le facilitó evadir la acción de la justicia, acomodando el crimen como resultado de un lamentable accidente. Pero Raimundo no se detuvo. En la siguiente borrachera accionó el machete y mató cuatro perros y a por lo menos cinco más les cercenó las orejas o el rabo. Tiraba el machetazo para que cayera en cualquier parte. Los niños huían llenos de espanto cuando asomaba a una calle. Los adultos evitaban cruzársele en el camino. Tenía sed de sangre y, sin embargo, continuaba siendo preferido por las mujeres, que sigilosamente le abrían las puertas de sus casas y de sus intimidades.

Al año de muerta Concepción, ocurrió el segundo hecho sangriento ejecutado por Raimundo Ibáñez. Desde niño aprendió a tejer el sombrero vueltiao y adquirió en ello una rapidez incomparable. Tejía las caprichosas figuras con la fibra y la celeridad de sus manos le facilitaban elaborar mayor cantidad de material para confeccionar los sombreros.

Manuel y David Tarrás, compañeros de farra, los mismos que le sirvieron de testigos para eludir la responsabilidad en la muerte de Concepción, discutieron con él sobre las capacidades en la elaboración del tejido y al llenarse de furia, tomó el machete y arremetió contra ellos convirtiéndolos, literalmente, en picadillo ante la mirada aterrorizada de los testigos. No le quedó otro camino que la fuga precipitada hacia el monte, en donde se dedicó al asalto de viandantes, a tal punto, que, si no se reunían cuatro o cinco viajeros para cruzar los caminos, preferían no salir. Y el nombre de Raimundo Ibáñez fue trocado por el apodo de “Mundo” al que le agregaron, y nadie pudo dar explicaciones sobre el significado, el remoquete de “Rebulio”.

Su área de tropelías abarcaba zonas rurales de Ciénaga de Oro, Sahagún, Momil, Purísima, Chimá, San Pelayo, Cereté y San Carlos. Vivía de lo que robaba a quienes encontraba en los caminos, de introducirse en la oscuridad de la noche en casas apartadas, de robar aves de corral y vacunos en los corrales o de lo que le regalaban las mujeres que caían en sus redes pasionales.

Y su fama fue creciendo de un lado a otro hasta ocurrir el fenómeno de achacarle todo lo anómalo que ocurría en el territorio ya mencionado. Un asesinato, el robo de una tienda, el asalto a una caravana, el hurto de ganado, ocurridos a la misma hora, el mismo día en lugares distantes, eran obra de Mundo Rebulio, quien habría requerido el don de la ubicuidad para ejecutarlas. Pero el pánico no permitía detenerse a sopesar las informaciones y todo se creía del bandido.

En un lapso de tres años se le adjudicaron doce asesinatos, treinta asaltos en descampado, el hurto de centenares de reses, robo a sesenta residencias, veintidós establecimientos de negocios, quema de siete potreros y dos decenas de casas rurales, el secuestro de cinco comerciantes y el rapto de cerca de una decena de niñas menores de dieciocho años, así como el hurto de cuarenta y dos caballos rapados a la fuerza a viajeros que asaltó en los caminos.

Fue tal la gravedad de la situación que el clamor de las gentes llegó tanto a la capital de la Provincia, Lorica, como a la lejana capital del Estado, Cartagena, y las autoridades dispusieron que un grupo de soldados acantonados en Lorica iniciara la persecución para detenerlo vivo o muerto. Fue entonces que la vida de Mundo Rebulio adquirió visos de fantasía y novelescos, por cuanto los perseguidores, ante la opinión de los demás, resultaron perseguidos por el bandido. No otra cosa podía ser el que Mundo Rebulio se internara en los campamentos de los soldados aprovechando la noche, para rasgar a punta de cuchillo el uniforme de los oficiales y centinelas y cortar las orejas a las bestias en que se desplazaban. Los soldados con fusiles y Mundo Rebulio con el machete de siempre, sostienen choques ligeros en donde es él el que sale airoso, mientras que la tropa disminuye. Aumenta a cambio la triste fama del bandido y en la conciencia ciudadana se concluye que no es la tropa la que persigue sino la perseguida.

Cuando la tropa disminuye en por lo menos un cincuenta por ciento, la cual partió de Lorica con treinta hombres, la capital del Estado no resiste la presión ciudadana y antes que fuerza, como debió hacerse desde el principio, se recurre a labores de inteligencia y se forma un regular sistema informativo para detectarlo. El primer informe lo sitúa en la residencia de una amiga y se tiende el cerco. El mismo alcalde preside el operativo luego de que los investigadores confirman en dónde está y la imposibilidad de salir de allí pese a la oscuridad de la noche en Ciénaga de Oro. El alcalde, en voz alta, conmina a que se abran las puertas a la autoridad y se escucha que es el mismo Mundo Rebulio el que indaga sobre a quién y para qué lo buscan. El funcionario se identifica y le invita a entregarse voluntaria y pacíficamente por haber en su contra varias órdenes de captura.

El criminal les prepara la sorpresa. Sabe que si no responde entrarán a la fuerza, como en efecto ocurre, y recibe con su afilado machete al primero que irrumpe al ser derribada la puerta y se crea la confusión entre las autoridades civiles y militares, que le abren sin darse cuenta una senda por la que escapa indemne bajo una lluvia de balas. Se solidifica la creencia popular de que Mundo Rebulio tiene un pacto con el diablo que le permite burlarse de las autoridades, que tiene regados en el cuerpo varios “Niño en Cruz” que impiden que las balas lo penetren y se convierte, si acaso ya no lo era, en un ser extraordinario cuyo nombre eriza la piel de todos. Solamente Pájaro Verde y Pájaro Azul, dos afamados ladrones de pocos años después, le compiten, pero estos dos no usan la violencia para sus fechorías.

Las quejas y los reclamos aumentan y la presidencia del Estado dispone reforzar el grupo de búsqueda con soldados y dedicarlos exclusivamente a capturar o matar a Mundo Rebulio, además de intensificar la labor de inteligencia. Así, detectan a una mujer que recibe con mayor frecuencia las visitas nocturnas del criminal y tras dos meses de cuidadosos contactos, convincentes charlas y una recompensa, la mujer se compromete a facilitar la captura. El constante acoso abrió una brecha en la desconfianza del bandido, que en esos dos meses había gozado de quietud total. Como la tropa aparenta buscarlo por otros lados, Rebulio se refugia en la casa de su amiga y por primera vez rompe sus propias normas de seguridad. Entra al comenzar la noche y se escabulle en las madrugadas para ocultarse en los cerros cercanos.

Mundo Rebulio no confiaba en nadie. Se sabía perseguido por las autoridades y por alguna de sus víctimas. Su deambular por la región es silencioso. Ataca sobre seguro y su talón de Aquiles, las mujeres, de las que tampoco confía, no saben cuándo ni por dónde llegará. Las autoridades concluyen que, si no es traicionado o abatido por la espalda, no habrá modo de acabarlo.

Sólo la luz de la luna ilumina el poblado de Ciénaga de Oro en la noche del 23 de diciembre de 1883, más de veinte años después de que Raimundo Ibáñez, ahora Mundo Rebulio, inició su carrera criminal, su vida delictiva y bañó de sangre varios pueblos de la comarca. Varios individuos aparentan consumir licor en las cercanías de la residencia de la preferida del bandido, mientras dos más, cuando son las nueve de la noche, se esconden casi al frente de la casa amparados en las tinieblas que deja el ramaje de los árboles. Mundo Rebulio se introduce a la casa de su preferida seguido por la mirada atenta de los vigilantes, que con gran sigilo se van tras él y lo sorprenden en el momento en que, de espaldas a la puerta, se inclina para introducir un jarro en una tinaja y sacar agua para beber, y sin darle alerta alguna, le disparan a la espalda y Mundo Rebulio cae muerto de inmediato.

Los dos soldados no esperan para verificar si hirieron o mataron al criminal y abandonan la puerta hacia un lugar seguro. Como se afirma que tiene el cuerpo asegurado “cerrado por los niños en cruz”, prefieren esperar por si acaso reacciona. Cuando llegan los refuerzos, los dos hombres continúan en la parte exterior de la humilde vivienda, pero nadie entra a comprobar. Sólo la preferida de Mundo Rebulio confirma la muerte y voltea el cadáver para que todos lo comprueben para lo cual usa un mechón que ilumina el lúgubre recinto. Ella misma le quita de la cintura la vaina y el machete y la cuelga de un gancho en el horcón de la salita.

Al amanecer y a la luz del día, los habitantes de Ciénaga de Oro observan dos hechos singulares. Las junturas del mango del machete y el interior de la vaina presentan costras de sangre coagulada de las numerosas víctimas. La otra, el cuerpo de Raimundo Ibáñez, el célebre Mundo Rebulio, es paseado por las calles del pueblo sobre una piel cruda de res y no puede decirse si las moscas buscan el fétido olor del cuero o la sangre del bandido.




BOLAS NEGRAS

Nació en el populoso barrio La Granja, al que el mamagallismo popular bautizó como “cagajunto” por la curiosa distribución de las unidades sanitarias. La casa de sus padres era un rancho de paredes de bahareque y techo pajizo, por cuyo frente pasaba un arroyo de aguas negras. Las fétidas emanaciones obligaban a levantar la cara para buscar arriba un aire menos contaminado.

Esa manera de caminar con la nariz respingada se hizo normal. Jorge Payares, residente a diez cuadras de distancia, aseguró que los de “cagajunto” eran muy orgullosos, pero no era tal. Diez o quince años más tarde, cuando los políticos robando aquí y allá permitieron que quedara algo en las arcas del municipio, el arroyo fue canalizado, se acabaron las pestilencias y las narices volvieron a su posición. Lo único malo, de acuerdo con el color del cristal con que se mire, fue que se pasó de la contaminación de las aguas negras y los fétidos e insoportables olores, a la del ruido producido por unos equipos de sonido llamados “picó”, con los que se mitigan los desengaños de la vida.

Pero, indudablemente, ella fue orgullosa. Desde que comenzó a gatear protestaba al ser levantada del piso y desde entonces luchó por ser independiente de todo y de todos. No jugaba con muñecas de trapo, lo único que podían regalarle, sino con ilusiones. Imaginaba su casa en el barrio El Recreo, conducir lujosos automóviles, almorzar en el club Tuminá y cenar en el Campestre y sus amigas tenían apellidos rimbombantes como Cabrales, Dereix, Kerguelén, Méndez, así como volaba mentalmente con frecuencia a Europa y los Estados Unidos.

Pasaron los años y el zapatero Reinerio Toscano fue elegido concejal y una de sus primeras lagarteadas consistió en conseguirle “chamba” en el despacho del alcalde y desde ese momento se trasladó a vivir, sola y de la manera en que le agradaba, en el edificio llamado por todos “el nojoda”.

El cambio la favoreció hasta en la suerte, por que a los pocos meses se ganó un sorteo extraordinario de la lotería y pudo hacer realidad parte de sus sueños. En primer lugar, se presentó a la notaría en donde el doctor Lengua extendió la escritura pública que le cambiaba el nombre de Rosa Campos Torres por el de Rosa del Campo y de la Torre. Pero no obstante sus millones en cuentas corrientes, no le vendieron un lote en El Recreo ni le admitieron inmediatamente en el club Campestre, porque allí se debe ser un perfecto desconocido cuyos antecedentes se ignoren para ingresar sin obstáculos. A los conocidos, los del mismo pueblo, se les rechaza sin misericordia alguna.

Banquetes y más banquetes, lujoso vestuario, valiosos regalos para las esposas e hijas del presidente y de los socios influyentes, fueron entonces la norma de Rosa del Campo y de la Torre para abrir las puertas de su anhelado club. Pero pasaban las asambleas y siempre quedaba en turno su petición para la siguiente, mientras los encargados de decirle el no gozaban de lo lindo de sus invitaciones y regalos.

Una madrugada la vieron abordar en la carretera un bus con rumbo desconocido para no volver más al pueblo. Dicen que a su lado llevaba un saco lleno de bolas blancas, no usadas, que encontró en la puerta del club después de la última invitación.



EL CONEJO


Penetraba a la plaza de mercado por la puerta de la treinta y cinco, doblaba a la derecha hacia el sector de carnes, se metía entonces por el pasillo principal y se dirigía a la plazoleta central. Unas veces salía por la puerta de la treinta y seis y otras por la de la orilla del río, luego de unos cinco minutos de recorrido.

Alta, delgada, de tez blanca, curvas bien delineadas, suave, copiosa y negra cabellera, todo ello complementado con un rostro angelical. Su entrada conmovía hasta los cimientos de la edificación. Rafael Gutiérrez, José Padilla, Lucho Vargas, los hijos de Juan y de Camilo Peña o cualquiera de los otros jóvenes gritaba la frase y los demás la coreaban a gritos.

Me intrigó el asunto y en varias ocasiones seguí al lado de ella el recorrido sin observar en su rostro la más leve señal de preocupación por el escándalo que se originaba con su entrada. Entraba por entrar porque no se detenía ante ninguno de los establecimientos de negocio. Realizaba su desfile en medio de la gritería, indiferente, impávida, con paso seguro. Recuerdo que la primera vez el grito se produjo en una sofocante mañana de febrero: ¡Caga jeep! La misma persona volvió a gritar y sin entender la razón, los demás repitieron como loros la denigrante frase por cerca de cinco años, cuando ella dejó de aparecer por el lugar.

Una mañana, cuando dejaba los años de juventud para meterme de lleno a la terrible época de hombre mayor, volví a verla. Esta vez en la playa de la Brígida comprando pescado. Su cuerpo guardaba destellos de su belleza lo que demostraba que había sido esplendorosa en el pasado. Con mañas la abordé y luego de tres o cuatro meses de diálogos sin importancia y de haber sentado las bases de una buena y desinteresada amistad, me atreví a indagarla sobre los gritos en el mercado y sin ambages me respondió:

– Mi esposo me abandonó con dos hijos muy pequeños a los que debía alimentar. Al no encontrar un trabajo decente que me permitiera sostener el hogar decidí caer en el camino de la prostitución y atendiendo las insinuaciones de los hombres comencé a vender mi cuerpo. Pensé que no era culpable de la situación porque sabía que nadie me ayudaría a levantar a mis hijos. Haciendo de tripas corazón fui seleccionando y cimentando mi clientela. En una ocasión que desearía no le ocurriera a ninguna mujer en mis condiciones de ese entonces, topé con un rico comerciante de la plaza de mercado que solicitó mis servicios ofreciéndome el oro y el moro, pero después, ni el uno ni el otro. En la prostitución nada es verdad, todo es aparente, hasta el acto sexual mismo. Sació sus requerimientos, pero se negó a pagar mis servicios con una serie de excusas y solamente me dio “buenos consejos para que dejara esa vida” e hizo alarde de su estampa varonil, por lo que pensé que era lo contrario, que yo debía pagarle a él. Insistí en cobrarle y no me bajé del vehículo por lo que recorrí con él prácticamente toda la noche de un establecimiento a otro. Cuando comenzaban a despuntar los rayos del sol, tomé la decisión al verlo que estaba bastante embriagado y expulsé mi vientre sobre el asiento del conductor. El mismo en el que él tomaría asiento. Cuando fui por primera vez al mercado fue para ver su reacción. Se hizo el indiferente pero después que pasé por su establecimiento lanzó el grito. Por la noche fue a mi casa a pedirme que lo disculpara y a llevarme el dinero que no me pagó en su momento. Deduje que el escándalo era su lado flaco y entonces, cuando requería unos pesos, iba muy oronda al mercado, lo miraba al entrar y preciso, por la noche llegaba rogándome que no volviera, pero yo lo amenazaba con divulgar, a gritos, que me había puesto lo que en el argot de las putas se califica como “conejo” y ello me dio resultado”.

La mujer me agregó que si no volvió al mercado se debió a la muerte del hombre y ya no había interés alguno para ella escuchar la algarabía.




LA HUELGA



La situación alcanzó un grado intolerable y los hombres, que nunca en la historia habían sido tan humillados, se sintieron peor al comprobar que pasaban inadvertidos o no despertaban ningún sentimiento entre las mujeres. Al agotar todos los recursos y las estrategias, decidieron proponer el diálogo que habían evitado por más de diez meses, para analizar el problema y encontrarle una solución.

– Mientras no se cumpla nuestra exigencia, los hombres pueden considerarse únicos en el mundo. No habrá una sola mujer para nada distinto a participar en la huelga, gritó una cuando el presidente de la nación, en una de sus últimas posturas arrogantes, amenazó con enviar contra ellas su ejército particular, reclutado de los grupos violentos y comprobado que eran un millón de veces más peligrosos que los ton ton macute de Duvalier.

Los más graves problemas surgen de cosas insignificantes y éste fue provocado por un nombre de mujer, por cierto. En esta ocasión, los hombres no tenían responsabilidad ninguna en el asunto.

Al cumplirse cinco meses y el problema había incidido onerosamente en la economía y las finanzas del país y amenazaba con extenderse a los países vecinos, la Organización de Estados Atenidos y Arrodillados –OEAA– la Organización de Naciones Ultrajantes y Ultrajadas –ONUU– los presidentes, primeros ministros, reyes, emperadores y sultanes de doscientos países, prohibieron las informaciones del caso para evitar que fuera imitado en sus propios territorios, especialmente en donde las mujeres valen menos que un cero a la izquierda y ofrecieron intermediación para lograr un acuerdo y conminaron al presidente dictador a facilitar lo concerniente.

Los miembros de los cuerpos deliberantes se declararon en sesión permanente y por dos meses habían comido, dormido y permanecido en los salones en donde lo único que los equiparaba eran los sanitarios atiborrados porque no encontraban mucamas que barrieran, sacudieran y trapearan y suscribieron una proposición en la que prometían bajo juramento, no continuar robándose el tesoro público aún cuando ello se convirtiera en peligro de perder las curules por falta de dinero para comprar los sufragios.


Las asociaciones de Sicarios Rurales, Sicarios Urbanos, Criminales artesanales y otras distinguidísimas agremiaciones profesionales, ofrecieron sus servicios para eliminar el problema gratuitamente, mientras que la Federación del Tercer Sexo, que suplió durante los cuatro primeros meses las necesidades masculinas, finalmente se sumó a la huelga.

Cosa curiosa, fueron los poetas quienes encontraron la solución y en un congreso extraordinario, en que por falta de tiempo para notificar a todos apenas asistieron siete millones y medio de los poetas del país, lo que representaba sólo el treinta por ciento de los mismos, invitaron al Padre Santo para que estudiara la propuesta que le presentaron. El Sumo se vino en su jet particular y llegó al país veinte horas después de recibir la propuesta y en un acto religioso concelebrado señaló que como sólo se violaban los derechos civiles, políticos, humanos y de cualquier otra índole de una sola persona, ordenaba el cambio.

– Nos consideramos que una mujer que reúne en sí todos los pecados que conjuntamente hubieran podido cometer Cleopatra, Salomé, Belkis, María Magdalena, la cándida Eréndira, la negra Janda, Dolores Mass, no puede llamarse Blanca de la Purísima Concepción y así se dará a conocer en mi próximo pronunciamiento Orbis et Urbis.



CALAZANS NO REGRESA

La mamá de Calazans se quedó llorando inconsolablemente, arrodillada frente al túmulo formado después de rellenar con tierra el profundo hueco en el que lo metieron. Los demás salimos poco a poco, calladamente, como si no quisiéramos hacer ruido para no despertarlo.

Porque Calazans, con una ligera palidez, era el mismo Calazans de todos los días, desde que lo conocí. El mismo que se integraba al grupo de niños y jóvenes que nos identificábamos como “La Patota”, y que se internaba en los potreros de la vecindad conocidos como “La paja de los Cabrales”, en busca de una pollina en la que descargar los ímpetus juveniles y los interrogantes infantiles, como lo hacía mucho antes de Cristo el judío Balaam, con su burrita en los oasis de los ardientes desiertos de Arabia.

Siempre me pregunté el verdadero sentido de “La paja de los Cabrales”. Si se trataba de lo que pensaba, quizás ellos, los dueños de esa tierra, se aplicaron la mano mucho antes que nosotros, que recurríamos a ella sólo cuando después de varias horas no localizábamos una pollina por esos contornos. Nos colocábamos uno al lado del otro, rodeando un corpulento y milenario árbol de caracolí. Los jóvenes alardeaban de la capacidad de estrellar contra las cortezas del árbol gotas de vida que se quedaban pegadas y se confundían con el albo de los excrementos de los gallinazos que dormían entre las ramas. Los que aún no producíamos la esencia vital, nos conformábamos con las manipulaciones y escupiendo frecuentemente sobre el diminuto instrumento para que la fricción no lo recalentara, porque se tornaba colorado debido al roce de la mano, y por el cual sólo se eyaculaba esperanza.

Calazans también nos acompañaba a los cabarés cercanos para ver y oír lo que hacían y decían los hombres y mujeres mayores. Vocabularios, ademanes, técnicas para acariciar, besos y otras voluptuosidades, según las tres categorías existentes en la zona de tolerancia.

La zona, como el resto del poblado, tenía sus categorías sociales. Funcionaba el Cocodrilo Bar, de Pedro Díaz, el blanco, con cincuenta mujeres de varios países y al que por su costo sólo llegaban los ricos. En orden de importancia, seguía el cabaré de Pedro Díaz, el negro, que se podía considerar de clase media, y El Tropical, el de la plebe. Aprendimos más en el de la plebe que en los otros dos, por aquello de la escuela de la vida.

En El Cocodrilo, las fiestas las amenizaban las orquestas Unión Montería y la del maestro Simón Mendoza, con las voces incomparables del “indio” Chávez y Sapolín. Allí se hacían cosas que ni siquiera se daban en los otros establecimientos, porque los intelectuales y los ricos tienen mayor capacidad mental para inventar cosas. El llamado baile de la pluma, por ejemplo, era privilegio de los potentados, que después de una semana de farra, definían quién pagaba la cuenta participando en una danza de esas. Un médico nativo y muy famoso, fue el mejor bailarín de este tipo de competencias, ganándose una muy merecida fama porque solamente en una ocasión se le cayó la pluma. La orquesta tocaba un porro obsceno, generalmente el titulado “La ópera del mondongo”. El “indio” Chávez ponía picante a la letra mientras los bailadores cumplían su tarea. El “baile de la pluma” consistía en que todas las parejas se desnudaban y hombres y mujeres se colocaban una pluma de pavo en el orificio donde termina la espalda y comenzaban a danzar animadamente, pero apretando fuertemente las nalgas para que la pluma no se cayera.

Los jóvenes y los niños preferíamos El Tropical, porque allí llegábamos en las primeras horas de la mañana y asistíamos a la ceremonia del baño de las meretrices al término de una noche de baile, ron y sexo. Ellas nos invitaban a desnudarnos y compartíamos el baño y el jabón. Después, con gran delicadeza de ambas partes nos secábamos los cuerpos y jugábamos sobre las camas hasta quedar exhaustos. La lucha era desigual. Nosotros empeñados en meter unos pequeñísimos e insignificantes tornillos en unas tuercas grandes con roscas desgastadas por el largo uso, y las mujeres se reían hasta más no poder. Cuando ya dormían, cansadas de la agotadora jornada nocturna, seguíamos persistentemente para tratar de alcanzar la cumbre, pero todo resultaba inútil y nos bajábamos con el convencimiento de que ya llegaría el día en que el tornillo adquiriera las dimensiones precisas para encajar en las tuercas, y entonces sí, cambiar las carcajadas de burla de ahora por gemidos de satisfacción.

Calazans se quedó dormido y sólo. Nadie puso atención a mis preguntas de por qué lo metieron en un cajón blanco, ni por qué le amarraron las manos como a esos angelitos que aparecen en los cromos ni por qué clavaron una tapa sobre la caja dejándolo adentro con los ojos abiertos, dizque para que encontrara el camino al cielo. Nunca entendimos por qué le colocaron una rosa roja entre los labios y un manojo de azucenas entre las manos amarradas. ¡Esa vaina no la hubiera aceptado Calazans, si hubiera estado despierto! Pero nadie quiso darme respuestas.

“La Patota” se reunió en el rastrojo más grande de la “Paja de los Cabrales”, de uso exclusivo de Eduardo Hoyos, que pasaba las tarde acostado con Magdalena en ese lugar, desnudos, uno sobre el otro, quejándose como si algo les doliera, pero indudablemente con suspiros de placer. Cada miembro tenía su rastrojo, bien cubierto, bien aseado. Mi hermano Alberto compartía el suyo con Esperanza, una hermana de ésta, Silvia, conmigo. Los pequeños imitábamos lo que veíamos en los cabarés, pero no era igual, porque el tornillo se doblaba y la tuerca, en este caso, era muy pequeña y se agregaba una membrana que parecía una pared indestructible. Con excepción de Eduardo, Francisco su hermano, y El Chinón, los tres más grandes, los demás hombres y mujeres, cumplíamos todos los pasos de la ceremonia con seriedad, con entusiasmo, pero sin llegar a la meta por la incapacidad de los instrumentos y la estrechez de las puertas de los templos. Siempre consideré este fracaso como el hecho de pasar la lengua por las paredes del panal sin saborear la miel.

Eduardo, por ser el mayor, desempeñaba las funciones de jefe del grupo, no solo por la edad sino por su astucia. Cuando estábamos todos nos dijo: “¡Qué vaina, se murió Calazans! De ahora en adelante a quien le corresponda el rastrojo tendrá que defenderlo de los de Nariño y la Plaza Grande, que tratarán de ocuparlo y eso no podemos permitirlo. Si es necesario –gritó– nos damos trompadas con ellos y el que no quiera pelear puede ir buscando otro grupo, porque aquí no queremos mariquitas, sino machos capaces ¡no joda! Además, siguió diciendo, la amiga de Calazans, Emperatriz, no puede quedarse sola y hay que conseguirle un compañero”. Siguió hablando y nos informó que tuvo el deseo de quedarse con Emperatriz pero no quería tener problemas de celos con Magdalena, que después pensó en Francisco, su hermano, pero se opuso Marieta. “El Chinón, agregó, ya no puede con la vieja Carlota, la señorita del barrio, que le abre la puerta todas las noches dizque para hablar con él del problema de estar vieja y virgen. Entra a las nueve de la noche y sale a las cuatro de la madrugada y la vieja lo está matando, y por eso, no reúne las condiciones para tener una muchacha tan briosa y tan bonita como Emperatriz”. Finalmente decidió entregársela al nieto de la vieja Marcelina, la partera, que unos ocho días atrás había sacado el primer chorro de vida para mojar las cortezas del caracolí desde los diez pasos de distancia, decisión que aprobamos sin discusiones.

Todos decían que Calazans había muerto, pero nadie supo darme información sobre la muerte. “No joda, la muerte es la muerte, gran pendejo”, me gritó mi tío Pedro Nel cuando salía acicalado para la casa de la novia. Al día siguiente me levanté bien temprano a esperar a Calazans, que todas las mañanas, antes de ir al colegio, salía con una bandeja a vender arepas cortadas, unas arepas de maíz, medio blandas y medio duras, blancas por debajo y doradas por encima, puestas sobre cuadrados verdes de hojas de bijao, medio saladas por el queso y medio dulces por el maíz tierno. Pero llegó la hora de salir para el colegio y Calazans no apareció.

Fue en ese momento en que comprendí algo sobre la muerte. Es cuando uno se va y no regresa, por mucho que lo esperen. Calazans no regresó al barrio y Emperatriz lloró mucho los primeros días, pero como a las tres semanas la escuchamos pegar un grito dentro del rastrojo en el momento que su nuevo compañero se metió entre sus piernas y los resaltos del tornillo hicieron juego con la rosca de la tuerca. Después oíamos gemidos de placer y ella no volvió a llorar a Calazans.

Ahora recuerdo. Los de “La Patota” no regresamos al cementerio. Calazans estará resentido porque lo olvidamos, pero casi todos, especialmente los más niños, decidimos no ir más. ¿Qué podíamos informarle si acaso nos preguntaba por su adorada Emperatriz?




LA ESPERA

Durante muchos años lo observé sentado a la puerta del rancho que, como él, se deterioraba visiblemente. La palma del techo perdió el color original tornándose cenicienta por los efectos del sol y los fuertes inviernos que azotaban la región. Así también, los cabellos del anciano se volvían lenta pero inexorablemente cenizos.

Las paredes del rancho, construidas con madera de balso, estaban negras y secas, a semejanza de la piel que resguardaba la osamenta del enjuto cuerpo del hombre viejo. Las aguas de lluvia penetraban por todos lados y el piso, reblandecido, temblaba con el peso de los cuerpos. El anciano también temblaba cuando andaba de un lado a otro. Tal vez por ello prefería sentarse a un lado de la puerta, sobre un rústico banco de madera, lo único que, en el perdido rancho en medio de la montaña, parecía estar firme y listo a resistir mucho tiempo más de uso y abuso.

Una década antes, al perder las fuerzas para treparse en el burro, tomó el garabato y lo habilitó como otra extensión de su cuerpo, apoyándose en él, a manera de bastón, para los diarios y cortos paseos por los alrededores de la vieja casa que, pese a su estado, él no permitía que la sometieran a reparaciones porque “ella se derrumbará sola el mismo día de mi muerte”.

Mis padres me asignaron la tarea de llevarle a Cástulo, ese era su nombre, una totumada de café negro con poca azúcar, como era de su agrado, antes de las seis de la mañana. Una hora más tarde, con el ánimo y las energías infantiles para hacer el recorrido de dos leguas hasta la escuelita de la vereda, tomaba el bolso con los libros, los cuadernos, la pizarra y los otros elementos, me lo terciaba al hombro y pasaba a llevarle un portaviandas con el desayuno, casi siempre un pedazo de bollo, una tajada de queso, una porción de suero “atolla buey”, una porción de arroz amanecido, un huevo frito y café con leche o chocolate.

Veneranda, una morenita levantada en la finca, le llevaba el almuerzo y en cuanto yo regresaba de la escuelita, a eso de las cinco de la tarde, volvía al rancho a llevarle el último alimento del día y un mechón para alumbrarle las pocas horas en que rumiando en silencio sus recuerdos, se preparaba para irse a la cama, si puede llamarse cama a dos tablas de ébano montadas sobre soportes en forma de horqueta, semejante a una troja, sobre la cual recostaba su adolorida, cansada y envejecida humanidad.

Cada cierto tiempo los mayores pasaban revista a la casa y al anciano. En las primeras horas de la noche, uno de ellos recogía las abarcas de Cástulo para colocarlas sobre una de las horquetas, de manera que cuando fuera a levantarse no olvidara revisar en qué parte ponía los pies, porque las culebras abundaban en la región.

Cástulo debió ser algo en mi familia. Nunca nadie lo llamó abuelo, tío, primo ni nada parecido. Solamente Cástulo, pero en ese entonces poco me importó establecer su relación con mi familia y luego de morir mis padres y tíos, nadie pudo informarme sobre el particular. El mismo anciano, en sus monólogos, jamás hizo referencia, en mi presencia, de si existía o no parentesco alguno entre nosotros.

Sostenía diálogos interminables con un interlocutor invisible. Lo escuché muchas veces brindarle un “buenos días” al levantarse, unas “buenas noches” o un “hasta mañana” al acostarse. Pienso que sólo cuando estaba dormido o cuando atendía a las pocas personas que lo visitaban, suspendía esos diálogos. Cierto que perdía la ilación del tema, pero reanudaba la charla con un motivo diferente sin que aparentemente al ser invisible le importara eso.

Respetuosos como éramos los niños con los mayores, después de saludarlo guardaba silencio hasta que fuera Cástulo quien lo rompiera. Y si lo hacía, era mirando a su frente, con un mohín como pidiéndole al invisible la comprensión por la obligada interrupción que originaba mi presencia.

– Los niños de hoy no son como los de mi tiempo, era la frase que iniciaba el regaño cotidiano por un supuesto mal comportamiento de mi parte. El invisible como que compartía la opinión, ya que, en la ingenuidad de mi infancia, dirigía infructuosamente mis ojos hacia el lugar donde se encontraba el hipotético personaje, con la esperanza de que alguna vez fuera compasivo y me diera la razón en lo que consideraba un regaño injusto.

Pero Cástulo no fue ofensivo en ninguna ocasión y lo que consideraba regaños, hoy, cuando han pasado tantos años, aprecio con singular cariño sus andanadas verbales, porque gracias a ellas modelé mi existencia; por que no fueron otra cosa que sabios y prudentes consejos. Y en el curso de mi vida seguí escuchando a otros viejos y a mí mismo, asegurar que “los niños de hoy no son como los de mi tiempo”, o que “todo tiempo pasado fue mejor”, y otras expresiones parecidas, porque los viejos pensamos que el tiempo no ha pasado y pese a que la ley de la gravedad nos ignora y no nos hunde vivos en la tierra, creemos ser los mismos y que es el espejo el que se arrugó y encorvó. Nos obstinamos en vernos reflejados en el espejo como adultos cuando éramos niños, como niños cuando somos adultos o en plena juventud cuando la senectud nos arrastra irremediablemente a la tumba. Nos obstinamos en ver cosas distintas a la realidad que se refleja en el espejo.

Sólo ahora entiendo que Cástulo no estaba loco, como decían. Sus charlas no eran más que un soliloquio con el que paliar la soledad y el olvido. En ellos repetía los acontecimientos de sus más de noventa años de vida, setenta de ellos muy activos. Sus últimos veinte años, y cuando ya se precipitaba al siglo de vida – ¡Qué horror, Dios mío! – los vivió limitado al reducido perímetro del rancho, apoyado en el garabato, sin fuerzas para llegar siquiera al punto donde alcanzaba su desmejorada visión. La soledad y el abandono lo obligaron, pensaba entonces, a crear un interlocutor al que narrarle, deshilvanadamente, la historia de su larga vida y mitigar así el terrible paso del tiempo.

La prudencia y el silencio que mantuvimos a su lado nos permitió conocer, atando cabos, gran parte de su vida. Nació en un hogar campesino en la época en que los pobres no morían de hambre. Fueron tres hermanos que al empezar a vivir la juventud se enrolaron en las huestes guerreras de un general y político, para apoyarlo en una larga lucha fratricida, en una supuesta “defensa” de ideales, doctrinas y libertades. Su progenitor compartía esos ideales.

– Pero sólo mentalmente, por que en medio de la selva nunca depositó un voto ni por el suyo ni por el otro, le escuché decir varias veces.

El padre de Cástulo los entregó al militar y político cuando éste pasó por la región con una desmirriada, harapienta, hambrienta, cansada y moralmente derrotada tropilla, no se sabe si persiguiendo al enemigo o huyéndole.

En esa guerra perdió a su hermano menor, durante una batalla en el sitio que después se conoció por las referencias a una bandera destrozada por la lluvia de metralla. El otro, el mayor, murió en una escaramuza de una “guerra” con un país vecino, que la historia patria no ha podido aclarar por qué se hizo ni cómo ni cuando acabó.

– Cuando terminó una de las batallas, por que siempre hemos estado en guerra, dijo, matándonos como pendejos dizque defendiendo las doctrinas de los partidos mientras los jefes se bautizan entre sí los hijos, se llaman y abrazan como compadres, se turnan en el palacio de los presidentes y desde allí se burlan de nosotros y miran desde los balcones cómo nos matamos, regresé a la finca. Pero ya no era nuestra porque alguien se quedó con ella al morir los viejos esperando inútilmente el regreso de quienes no fuimos más que soldados de ejércitos sin gloria. Y mis hijos y tus hijos y los hijos de tus hijos, agregaba sin respirar y con acento de furia, continuarán matándose hasta que puedan establecer que los azules, los rojos, verdes, amarillos y los demás colores políticos, son una pendejada con la que enervan el corazón ardiente de la juventud para que se vaya al campo de batalla a matar y a matar, y permitirle así a un minúsculo grupo de privilegiados seguir imperando impunemente.

Al evocar los soliloquios de Cástulo, me convenzo de que no había perdido su juicio y que tal vez era entonces más cuerdo de lo que yo puedo estar en este momento. Sus regaños me sirvieron para comportarme como un hombre de bien.

Sus charlas con el invisible las seguí con atención y en silencio, se metieron y grabaron en lo más hondo de mi cerebro y fueron la más sana enseñanza que recibí.

Dos días después de morir Cástulo, el rancho se vino abajo, como si él hubiera sido el pilar que lo sostuvo en su paulatino pero indefectible deterioro. En mi mente infantil dibujé las escenas del ser invisible, soberbio, derribando el rancho, aburrido quizás de la soledad en que quedaba. Al no tener interlocutor prefirió destruir el escenario de sus charlas con el viejo. En la noche, mis gritos desesperados interrumpieron el sueño de todos en la casa.

La muerte de Cástulo, la caída del rancho y mis fantasías en las que aparecía el ser invisible arrasando la humilde vivienda, me sumieron en una pesadilla.

En ella, un ángel bueno y uno malo se turnaban para derribar el rancho mientras gritaban en un idioma que jamás había escuchado, y cuando dejaron todo en ruinas, se apoderaron de mi, el uno por las manos y el otro por los pies, luchando entre ellos por llevarme el uno al cielo y el otro a los profundos infiernos, mientras yo, quizás por el terror que me embargaba, no podía impedir ni lo uno ni lo otro. Sólo cuando en medio de la pesadilla mi cuerpo se estiraba y se estiraba infinitamente y la piel amenazaba con rasgarse, pude lanzar los pavorosos gritos que alarmaron a mis padres.

Al terminar los estudios en la escuelita, pasé al colegio de un pueblo que con el paso de los días se fue formando muy cerca de la finca. Los conocimientos que adquirí me envanecían y muchas veces me consideré superior a Cástulo, que por rara circunstancia se mantenía latente en mis recuerdos. Pero no se aprenden en la escuela ni en el colegio ni en la universidad muchas de las cosas que sólo vine a comprender después, cuando al cotejar mis estudios, lecturas y experiencias, concluí que apenas ahora, ya viejo, estaba terminando los estudios para el más valioso título profesional, que solamente otorga la universidad de la vida.

Desde hace dos años, abandonado de todos, estoy aquí rumiando mis recuerdos, viendo cómo pasan a mi lado de aquí para allá estas mujeres con sus níveas tocas y una multitud de faldas que les llegan a los tobillos y les quita cualquier asomo de feminismo, silenciosas, rápidas, como si viajaran sobre las nubes, unas ajadas por los años y otras con rostros angelicales, como si antes de querer subir al cielo hubieran bajado de allá; rodeado de hombres y mujeres viejos, que miran a un punto desconocido, que no es otro que el horizonte de sus propias vidas que los demás no pueden ver.

Es el horizonte que nos fijamos cuando niños, el que ignoramos en la juventud, el mismo horizonte hacia el cual caminos ahora en la vejez. Viven una existencia mezquina, solamente para ellos, sin nada que los conmueva, que no ríen ni lloran ni hablan ni oyen ni ven ni entienden. Hoy y aquí, solitario y sin fortuna, sin pasado ni presente y mucho menos futuro, se regocija mi corazón.

Hoy es un gran día para mí, el más feliz de toda mi larga existencia. En la mañana desperté y al abrir los ojos, estaba de pies frente a mi cama, el viejo Cástulo. Parado allí, apoyado en el mismo garabato que le sirvió para alentar al burro y que después usó como bastón. Los recuerdos se me confunden en la mente y por esa razón no he podido determinar si Cástulo murió hace como sesenta años o fue el año pasado. No lo recuerdo bien, pero en la mañana de hoy lo volví a ver tal como lo conocí, cuando yo era solamente un niño que trataba de garabatear las primeras letras con un extraño y delicado lápiz de piedra sobre un pequeño tablero negro que se llamaba pizarra.

El mismo Cástulo con el que hablé breve y apresuradamente una tarde de un día que no he podido precisar, cuando al regresar del colegio lo encontré rígido y resignado dentro de un burdo cajón de madera que por muchos años había colgado de la viga del desvencijado techo del rancho, en espera del último momento.

– Esto se acabó, muchacho, me dijo. Y en verdad que ocurrió mientras corría como un loco a la casa de la finca para avisar a mis padres de la extraña actitud del anciano.

Quise saludarlo, pero con un ademán, de esos que acostumbraba, me pidió guardar silencio, como si eso no fuera lo común en este lugar en el que me dejaron mis familiares hace por lo menos dos años. Con la cabeza hizo un movimiento invitándome a mirar la puerta del largo pasillo que nos sirve de dormitorio en esto que llaman asilo o ancianato, y allá estaba, sonriente, con el cuerpo transparente que se alcanzaba a ver sólo por un halo que lo contorneaba, como si lo hubieran dibujado con una luz brillante, tal como siempre me lo imaginé.

Era el ser invisible, el interlocutor de Cástulo, al que tanto intenté ver en el destartalado rancho de la montaña, cuando el viejo me tomaba como blanco de sus cantaletas. No me lo van a creer, pero estoy grandemente emocionado. El corazón me palpita como cuando a los quince años asistí a la primera y furtiva cita de amor con Crucita, en uno de los recovecos de la quebrada que pasaba por el pueblo. Sinceramente, me siento otra vez joven y por eso estoy aquí, tranquilo por fuera, pero con una tormenta de júbilo por dentro.

Como esta noche es navidad, Cástulo vino a traerme un regalo, que no es más que el ser invisible con el que platicaba incansable y permanentemente en el rancho, por cuanto al lugar a donde va ya no lo necesita. Dentro de un momento el invisible vendrá para quedarse a mi lado a compartir mis recuerdos, a comentar los asuntos de la vida, cómo cambian las cosas con el tiempo y las razones para decir que “los muchachos de hoy no son como los de mi tiempo”. Pero sólo él, el invisible, puede comprenderme, y por eso estoy esperándolo.




ADIOS A CHUCHO SARNA


Lo odiaba, con ese extraño odio del hombre viejo hacia las cosas, los animales y las gentes. Un odio que parece cerval, pero que en el fondo no es más que una protesta por el olvido de que somos objetos en la medida en que pasan los años. Sabemos más que al principio, pero no nos sirve de nada. Los congéneres nos ignoran cuando no nos apartan abiertamente y nos piden, a viva voz o con el ejemplo, que nos apartemos porque el caudal del río de la vida es soportable solamente por la gente joven.

Hasta ese momento, y ya tenía cerca de un año de vivir en la zona, no lo había visto. Ignoraba su existencia. Otros me perturbaban, de manera especial en las madrugadas cuando salía a recorrer calles del poblado por orden médica, ya que el sedentarismo podría acelerar mi muerte. Y aunque digan lo contrario, cuando se está viejo, apartado, abandonado y rumiando mejores días de los que solo yo me acuerdo, crece dentro de uno la intención de quitarse la vida. Algunos la sienten más fuerte que otros, pero todos tenemos un momento de debilidad en que nos preguntamos para qué vivimos si ya estorbamos a los demás. A ello se suma la realidad de que, entre más viejo, más se depende de otras personas. Hasta para dar pasos para trasladarse de un lugar a otro. Pero lo que más irrita es que uno sabe que ofende a los que lo atienden. ¿Quién lo sostiene encima de la tasa sanitaria mientras cumple la función escatológica? ¿Quién le sostiene el miembro que en sus años mozos se erguía solo? Eso apena. Y, sin embargo, no tenemos ya ni fuerza para pedir perdón por el problema que causamos ni para dar las gracias a quien a las buenas o a las malas, debe ayudarnos.

El, por el contrario, era joven. La enfermedad que lo afectaba y avergonzaba, porque se veía cómo trataba de estar lejos de los otros, lo habían reducido a una masa informe, pestilente, que le corroía la piel y el alma y las esperanzas de un futuro distinto. Pese a todo, se vislumbraba la calidad de su procedencia. Porque hasta en esto hay diferencias. Esa es la razón que siempre nos perturbó. Creer que todos somos iguales, es la peor de las fantasías inventadas por el hombre. No, todos no somos iguales. Hay blancos, negros y amarillos y de ellos se desprenden los cruces étnicos y la mezcolanza que a nada bueno conduce. Nuestros cerebros marchan a relaciones diferentes. Unos corren, otros trotan y, en una cantidad alarmante, los demás esperan que sean otros los que hagan las cosas. Hay de estatura pequeña, el clásico enano o pigmeo, otros de estatura mediana, aquellos altos y los demás que pretenden tocar el cielo sin separar los pies de la tierra. Hay ricos, medios ricos, aquellos acomodados y el resto hundidos en la miseria. No, no todos somos iguales ni lo lograremos jamás, por muchas que sean las promesas de que nos hablan los religiosos.

Mi desentendimiento de este ser, me llevó a no indagar siquiera cuál era su sexo. No lo miré más, y él, desde la distancia, seguía mis pasos en silencio. Algo debió decirle que era mejor no mostrar mucho apego, a quien por sus actuaciones parecía ser de pocas pulgas. Algunos ligeros incidentes, de esas rabias locas y repentinas que nos dan a los viejos cuando queremos que se reconozca que tenemos la razón, las siguió a corta distancia sin quitarnos la vista de encima. Pero desde el encuentro inicial, ni él había hecho intentos de acercarse ni yo lo miraba. Me parecía un puerco, enfermo, lisiado por la enfermedad, y tal vez por ello se mantenía lejos sin dejar de estar a la vista ni cerca como para que de pronto fuera víctima de mis rabietas.

En los días siguientes, escuchaba cómo lo arrojaban desde las casas vecinas, lanzándole epítetos denigrantes. Era el fastidio del barrio y nadie, ni por un pienso, se detenía a observar el asunto y junto a los insultos arrojarle un poco de comida. Apenas intuía la carita y su profunda mirada de tristeza. Era, sin discusiones, el paria del barrio.

Y me pregunté cómo era eso de que un barrio en el que de cada cinco habitantes seis eran miembros de una misma iglesia que pregonaba el amor y se revestía de fingida entrega a Cristo, al que pusieron delante del Dios Eterno, el Dios Creador, al que si acaso le reconocían el título y la condición de padre de Jesús, el Mesías, el Redentor del mundo, todos a una se creyeran con el deber, la condición y el derecho de maltratar a quien sólo pedía un poco de comprensión y un algo de comida.

Sin pensarlo dos veces, salí a la puerta y le di la mitad de mi comida. Tenía miedo de acercarse. Tal vez esperaba una traición de mi parte, pero al cerrar la puerta, se abalanzó con qué bríos a consumir el alimento del que tal vez carecía desde días atrás. Y en la siguiente ocasión, si bien no se acercó con ligereza, sí me demostró con sus ojos y en una mirada totalmente distinta, que agradecía lo que le estaba dando. Posteriormente, debido a un viaje fuera de la ciudad en el que permanecí por unos diez días, me encontré que no estaba en el sector. No se enteró de mi regreso, porque al mediodía, escuché de nuevo los insultos y las echadas de las casas a las que llegaba. Sin proponérmelo, recordé que Jesús el Cristo, fue un hombre vilipendiado, abandonado, flagelado y muerto por tratar de inducirnos a cambiar de vida, a darnos amor mutuamente y a otras cosas que con el paso del tiempo han quedado de simple referencia en los sermones de curas y pastores y repetidos sin ton ni son por quienes se creen dotados del Espíritu Santo para atraer congéneres a los templos de la respectiva religión.

Como no conocía su nombre, pero si su enfermedad, abrí la puerta y grité a todo pulmón, y el grito de los viejos es apagado y sin resonancia ninguna: ¡Chucho Sarna! Repetí el llamado hasta que él miró hacia mí, movió la cola con gran alegría y se vino corriendo del refugio improvisado a mi puerta. No lo dejé refocilarse sobre mis piernas, pero él parecía entender que no debía hacerlo, mientras su colita no encontraba cómo moverla con mayor ligereza.

Desde entonces lo llamé Chucho Sarna, hasta que un amigo me dijo que no era perro sino perra y que él, en varias ocasiones le había dado algo de comer, pese a saber que los dueños eran los acaudalados propietarios de una hacienda vecina. “La tienen abandonada y como allí tienen unos diez perros, los demás no la dejan acercarse a los alimentos que les echan”.

Fueron pasando los días, los meses y un año después, si bien la sarna no la había dejado quieta sí se le había aplacado. Dormía frente a mi puerta, lo que supe una madrugada en que los ladridos de un perro me despertaron y escuché la carrera de alguien que había intentado llegar hasta ella. Había venido velando mis sueños sin saberlo. Y aún estando a dos cuadras de distancia, corría a demostrar que la casa no estaba sola. Que ella velaba por mis intereses.

Decidí un día llevarla al veterinario y a escondidas me la llevé, pero el profesional me dijo que era tarde. No tenía remedio alguno, porque lo que era epidérmico se había convertido en una especie de cáncer y que debía sacrificarla para que no sufriera más.

Cosas del ser humano. A sabiendas que vivir era para ella un tormento, juzgué sensato que no se muriera antes de dejar unos herederos y busqué un perro de buena estampa y al tiempo suficiente, Chucho Sarna me entregó tres bellos perritos. Toda la etapa del embarazo la pasó refugiada en mi casa y en una larga noche gimió por los dolores del parto que se avecinaba, lo cual no me dejó dormir, pendiente de la hora en que ello tendría lugar. A las seis de la mañana, salió el primero y los dos siguientes lo hicieron con intervalos de cinco minutos cada uno. Cuando nacieron los cachorritos, se levantó tambaleando, como lo había hecho en los primeros días en que nos conocimos, que debilitada por el hambre daba pasos trabajosamente, y no permitió que los recién nacidos se pegaran a sus escuálidas tetas ni, como lo hacen todas las perras, los lamió cariñosamente. Los miró con un algo de tristeza, pero con un mucho de orgullo. No los tocó para nada y se fue apenas abrí la puerta. Dos o tres veces se detuvo como para volver al lado de sus hijos, pero prefirió seguir el camino. Entendí que no volvería ni a la casa ni a los alrededores. Ella sabía que estaba a las puertas de la muerte y que tal vez era mejor así, dejándolos a mi cargo, convencida de que les daría abrigo, alimento y cariño. Una última mirada tranquila en sus ojos pasó de mi cara al nido en donde estaba su cría. Me conmovió hasta lo más profundo de mí y me hizo reflexionar si era yo quien tenía la razón al creer que los animales piensan o los demás que lo atribuyen a los instintos. Como fuera, me estaba diciendo adiós y dejándome una gran responsabilidad, yo que vivo en la soledad de mi retiro voluntario olvidado de todos.

Nadie supo darme cuentas de Chucho Sarna. Nadie la vio por ninguna parte. Dos meses después un muchacho del barrio me dijo que había encontrado la piel reseca por el candente sol debajo de un árbol de tamarindo en donde parece que vivió los últimos días de su vida, que debieron ser pocos, llenos de hambre y de sed. Los tres cachorros juguetean por las calles del barrio y cada uno tiene una vivienda en la que los alimentan y los cuidan, no conocen la casa en la que nacieron ni recuerdan a Chucho Sarna. No son vilipendiados y los niños juegan incansablemente con ellos cuando regresan de la jornada escolar y antes de preparar sus tareas. Sin sarna no repelen al fino olfato de los consagrados al Cristo Redentor.




ESCLAVOS DEL TIEMPO


El ser humano que habita el planeta Tierra se habituó a medir el tiempo, pero el tiempo es intangible, no tiene principio ni fin. Medirlo conforme a las revoluciones del planeta sobre sí mismo y luego alrededor del sol como centro del sistema planetario, le sirvió para olvidar el pasado y desinteresarse de lo que pasó. El sol no mide nada porque dentro de la magnitud del universo creado, en proceso de creación o por crearse, nadie del planeta sabe cuándo ni por quién se hace.

Ni siquiera los planetas superiores sirven para medir el tiempo y en ellos no rige la norma. El tiempo esclaviza a los seres en evolución de los universos nuevos, pero en los que ya se superaron las etapas de la eternidad y saben que ella es ilimite, las cadenas del tiempo saltaron rotas de las manos y del pensamiento de los hombres.

La esclavitud del tiempo creó en la masa cerebral del hombre barreras que le impiden mirar atrás. A ello se debe que él mismo, en este planeta insignificante de la Vía Láctea, se haya fijado temporadas para medir el pasado y se niegue a aceptar todo lo que sobrepase los topes que él mismo se fijó. Nada existió antes, el planeta se formó hace muy pocos años, el hombre apareció ayer y vivió en cavernas y una serie de cuentos de hadas que le impiden interrogarse sobre la verdad.

Quizás por esa razón el profesor Nathaniels se negó a escuchar a la doctora Ninoska, representante japonesa de la misión, que encontró el extraño objeto accidentalmente y lejos de la zona de las excavaciones. Fue suficiente que ella especulara sobre las figuras y opinara que se trataba de fechas, para que el profesor Nathaniels diera por terminada la entrevista y no continuara escuchándole. Nada podía encontrarse sobre el planeta que pudiera catalogarse como de una edad igual o superior a los cien millones de años. Es una locura, pensó el profesor, que sin embargo se encontraba dentro del minúsculo grupo de científicos del planeta que se atrevía a remontarse más allá de los marcos y topes establecidos y que en ejecución de sus revolucionarios pensamientos científicos, había propuesto y logrado la autorización para buscar vestigios que le permitieran demostrar que el llamado diluvio universal no fue otra cosa que consecuencia de una agresión extraterrestre que sacó de sus ejes al planeta.

Sabía que su propuesta contrariaba las revelaciones del Códice Sagrado, al afirmar que los profetas y los santos, como San Asimov, San Tolstoi, San Cervantes, San Garcíamárquez, San Moravélez, no vinieron del cielo enviados por Dios, sino que nacieron en el planeta antes de la última hecatombe. Estaba convencido de ello y en su obstinación se acercaba peligrosamente a lo que la Santa Madre Iglesia calificaba como herejía y cuya pena era morir en medio de las más crueles torturas por determinación de la Inquisición Santa, integrada por tres inquisidores cuyas decisiones no se discutían por nadie más, por cuanto sus fallos provienen directamente de la inspiración del Creador del universo.

Corriendo esos riesgos, los patrocinadores de Nathaniels esperaban que el profesor entregara evidencias de vidas antes del hombre actual, que como ya se dijo, debió aparecer sobre la faz del planeta hace unos cien mil años. Si no lo lograba, fueron lo suficientemente prácticos y previsivos al entregar la mitad de sus aportes al Pontífice Sumo, como para paliar con la debida anticipación cualquier consecuencia.

El profesor mira al estrado del Santísimo Padre del Universo y sus asesores, que con los ojos entrecerrados como para no seguir más que con los oídos la herejía, aparecen indiferentes. Le preocupa la actitud porque no hay nada más peligroso en este mundo que la aparente indiferencia de un prelado. Ellos se mantienen dentro de los parámetros señalados en los códices por el primer santo enviado directamente por Dios a la tierra, San Alfonso Loptru, quien jamás, dicen las escrituras sagradas, permitió herejías y usando el poder de los divinos Si Cari Os, seres muy especiales, algo así como los Arcángeles de la Verdad, combatió a los dragones enemigos de la iglesia.

Sin embargo, después de leer los códices arcanos que, luego de años de estudios por equipos especializados en la traducción de lenguas arcaicas fueron llamados “Códice de New York Times”, “Códice de El Tiempo”, “Códice de Pravda” y “Códice de London Times”, hallados en excavaciones arqueológicas en diferentes lugares del planeta, pensó que sus aseveraciones tenían que ser aceptadas como una revelación.

Antes de la hecatombe del diluvio, el hombre de entonces dio sus pinitos en dirección al espacio estelar y, por tanto, no fue San Yurigagárin el Arcángel que anunció la creación del mundo.

Se detuvo cuando se aprestaba a decir que lo uno era consecuencia de lo otro y que San Loptru no fue tampoco enviado por el Creador sino un hombre común y corriente, lleno de odios, pagado de sí mismo, que mediante manipulaciones y amenazas había llegado al trono pontificio. Los Si Cari Os fueron base fundamental para alcanzar la tiara. Pero sabía que afirmar tal cosa habría originado que los inquisidores dispusieran su muerte en el mismo salón donde exponía los candentes temas que traía en la agenda.

Eliminó dos páginas de notas para disertar en torno a las civilizaciones anteriores y en épocas que se pierden en la noche de los tiempos. Habla de tres de ellas, como la negra, diezmada por la esclavitud durante millones de años, pero que no aparece ahora por haber sido extinguida ex profeso por las otras razas. En su esplendor, señala, alcanzaron un avanzado estado de desarrollo, distinguiéndose por el dominio de la mente. “Basaron su civilización en el cerebro y cuando por error causaron la primera hecatombe, todo desapareció”.






Durante muchos años lo observé sentado a la puerta del rancho que, como él, se deterioraba visiblemente. La palma del techo perdió el color original tornándose cenicienta por los efectos del sol y los fuertes inviernos que azotaban la región. Así también, los cabellos del anciano se volvían lenta pero inexorablemente cenizos.

Las paredes del rancho, construidas con madera de balso, estaban negras y secas, a semejanza de la piel que resguardaba la osamenta del enjuto cuerpo del hombre viejo. Las aguas de lluvia penetraban por todos lados y el piso, reblandecido, temblaba con el peso de los cuerpos. El anciano también temblaba cuando andaba de un lado a otro. Tal vez por ello prefería sentarse a un lado de la puerta, sobre un rústico banco de madera, lo único que, en el perdido rancho en medio de la montaña, parecía estar firme y listo a resistir mucho tiempo más de uso y abuso.

Una década antes, al perder las fuerzas para treparse en el burro, tomó el garabato y lo habilitó como otra extensión de su cuerpo, apoyándose en él, a manera de bastón, para los diarios y cortos paseos por los alrededores de la vieja casa que, pese a su estado, él no permitía que la sometieran a reparaciones porque “ella se derrumbará sola el mismo día de mi muerte”.

Mis padres me asignaron la tarea de llevarle a Cástulo, ese era su nombre, una totumada de café negro con poca azúcar, como era de su agrado, antes de las seis de la mañana. Una hora más tarde, con el ánimo y las energías infantiles para hacer el recorrido de dos leguas hasta la escuelita de la vereda, tomaba el bolso con los libros, la pizarra y los otros elementos, me lo terciaba al hombro y pasaba a llevarle un portaviandas con el desayuno, casi siempre un pedazo de bollo, una tajada de queso, una porción de suero “atolla buey”, una porción de arroz amanecido, un huevo frito y café con leche o chocolate.

Veneranda, una morenita levantada en la finca, le llevaba el almuerzo y en cuanto yo regresaba de la escuelita, a eso de las cinco de la tarde, volvía al rancho a llevarle el último alimento del día y un mechón para alumbrarle las pocas horas en que rumiando en silencio sus recuerdos, se preparaba para irse a la cama, si puede llamarse cama a dos tablas de ébano montadas sobre soportes en forma de horqueta, semejante a una troja, sobre la cual recostaba su adolorida, cansada y envejecida humanidad.

Cada cierto tiempo los mayores pasaban revista a la casa y al anciano. En las primeras horas de la noche, uno de ellos recogía las abarcas de Cástulo para colocarlas sobre una de las horquetas, de manera que cuando fuera a levantarse no olvidara revisar en qué parte ponía los pies, porque las culebras abundaban en la región.

Cástulo debió ser algo en mi familia. Nunca nadie lo llamó abuelo, tío, primo ni nada parecido. Solamente Cástulo, pero en ese entonces poco me importó establecer su relación con mi familia y luego de morir mis padres y tíos, nadie pudo informarme sobre el particular. El mismo anciano, en sus monólogos, jamás hizo referencia, en mi presencia, de si existía o no parentesco alguno entre nosotros.

Sostenía diálogos interminables con un interlocutor invisible. Lo escuché muchas veces brindarle un “buenos días” al levantarse, unas “buenas noches” o un “hasta mañana” al acostarse. Pienso que sólo cuando estaba dormido o cuando atendía a las pocas personas que lo visitaban, suspendía esos diálogos. Cierto que perdía la ilación del tema, pero reanudaba la charla con un motivo diferente sin que aparentemente al ser invisible le importara eso.

Respetuosos como éramos los niños con los mayores, después de saludarlo guardaba silencio hasta que fuera Cástulo quien lo rompiera. Y si lo hacía, era mirando a su frente, con un mohín como pidiéndole al invisible la comprensión por la obligada interrupción que originaba mi presencia.

–—Los niños de hoy no son como los de mi tiempo, era la frase que iniciaba el regaño cotidiano por un supuesto mal comportamiento de mi parte. El invisible como que compartía la opinión ya que, en la ingenuidad de mi infancia, dirigía infructuosamente mis ojos hacia el lugar donde se encontraba el hipotético personaje, con la esperanza de que alguna vez fuera compasivo y me diera la razón en lo que consideraba un regaño injusto.

Pero Cástulo no fue ofensivo en ninguna ocasión y lo que consideraba regaños, hoy, cuando han pasado tantos años, aprecio con singular cariño sus andanadas verbales, porque gracias a ellas modelé mi existencia; porque no fueron otra cosa que sabios y prudentes consejos. Y en el curso de mi vida seguí escuchando a otros viejos y a mí mismo, asegurar que “los niños de hoy no son como los de mi tiempo”, o que “todo tiempo pasado fue mejor”, y otras expresiones parecidas, porque los viejos pensamos que el tiempo no ha pasado y pese a que la ley de la gravedad nos ignora y no nos hunde vivos en la tierra, creemos ser los mismos y que es el espejo el que se arrugó y encorvó. Nos obstinamos en vernos reflejados en el espejo como adultos cuando éramos niños, como niños cuando somos adultos o en plena juventud cuando la senectud nos arrastra irremediablemente a la tumba. Nos obstinamos en ver cosas distintas a la realidad que se refleja en el espejo.

Sólo ahora entiendo que Cástulo no estaba loco, como decían. Sus charlas no eran más que un soliloquio con el que paliar la soledad y el olvido. En ellos repetía los acontecimientos de sus más de noventa años de vida, setenta de ellos muy activos. Sus últimos veinte años, y cuando ya se precipitaba al siglo de vida – ¡Qué horror, Dios mío! – los vivió limitado al reducido perímetro del rancho, apoyado en el garabato, sin fuerzas para llegar siquiera al punto donde alcanzaba su desmejorada visión. La soledad y el abandono lo obligaron, pensaba entonces, a crear un interlocutor al que narrarle, deshilvanadamente, la historia de su larga vida y mitigar así el terrible paso del tiempo.

La prudencia y el silencio que mantuvimos a su lado nos permitió conocer, atando cabos, gran parte de su vida. Nació en un hogar campesino en la época en que los pobres no morían de hambre. Fueron tres hermanos que al empezar a vivir la juventud se enrolaron en las huestes guerreras de un general y político, para apoyarlo en una larga lucha fratricida, en una supuesta “defensa” de ideales, doctrinas y libertades. Su progenitor compartía esos ideales.

— Pero sólo mentalmente, porque en medio de la selva nunca depositó un voto ni por el suyo ni por el otro, le escuché decir varias veces.

El padre de Cástulo los entregó al militar y político cuando éste pasó por la región con una desmirriada, harapienta, hambrienta, cansada y moralmente derrotada tropilla, no se sabe si persiguiendo al enemigo o huyéndole.

En esa guerra perdió a su hermano menor, durante una batalla en el sitio que después se conoció por las referencias a una bandera destrozada por la lluvia de metralla. El otro, el mayor, murió en una escaramuza de una “guerra” con un país vecino, que la historia patria no ha podido aclarar por qué se hizo ni cómo ni cuándo acabó.

–—Cuando terminó una de las batallas, porque siempre hemos estado en guerra, dijo, matándonos como pendejos dizque defendiendo las doctrinas de los partidos mientras los jefes se bautizan entre sí los hijos, se llaman y abrazan como compadres, se turnan en el palacio de los presidentes y desde allí se burlan de nosotros y miran desde los balcones cómo nos matamos, regresé a la finca. Pero ya no era nuestra porque alguien se quedó con ella al morir los viejos esperando inútilmente el regreso de quienes no fuimos más que soldados de ejércitos sin gloria. Y mis hijos y tus hijos y los hijos de tus hijos, agregaba sin respirar y con acento de furia, continuarán matándose hasta que puedan establecer que los azules, los rojos, verdes, amarillos y los demás colores políticos, son una pendejada con la que enervan el corazón ardiente de la juventud para que se vaya al campo de batalla a matar y a matar, y permitirle así a un minúsculo grupo de privilegiados seguir imperando impunemente.

Al evocar los soliloquios de Cástulo, me convenzo de que no había perdido el juicio y que tal vez era entonces más cuerdo de lo que yo puedo estar en este momento. Sus regaños me sirvieron para comportarme como un hombre de bien.

Sus charlas con el invisible las seguí con atención y en silencio, se metieron y grabaron en lo más hondo de mi cerebro y fueron la más sana enseñanza que recibí.

Dos días después de morir Cástulo, el rancho se vino abajo, como si él hubiera sido el pilar que lo sostuvo en su paulatino pero indefectible deterioro. En mi mente infantil dibujé las escenas del ser invisible, soberbio, derribando el rancho, aburrido quizás de la soledad en que quedaba. Al no tener interlocutor prefirió destruir el escenario de sus charlas con el viejo. En la noche, mis gritos desesperados interrumpieron el sueño de todos en la casa. La muerte de Cástulo, la caída del rancho y mis fantasías en las que aparecía el ser invisible arrasando la humilde vivienda, me sumieron en una pesadilla.

En ella, un ángel bueno y uno malo se turnaban para derribar el rancho mientras gritaban en un idioma que jamás había escuchado y cuando dejaron todo en ruinas, se apoderaron de mí, el uno por las manos y el otro por los pies, luchando entre ellos por llevarme el uno al cielo y el otro a los profundos infiernos, mientras yo, quizás por el terror que me embargaba, no podía impedir ni lo uno ni lo otro. Sólo cuando en medio de la pesadilla mi cuerpo se estiraba y se estiraba infinitamente y la piel amenazaba con rasgarse, pude lanzar los pavorosos gritos que alarmaron a mis padres.

Al terminar los estudios en la escuelita, pasé al colegio de un pueblo que con el paso de los días se fue formando muy cerca de la finca. Los conocimientos que adquirí me envanecían y muchas veces me consideré superior a Cástulo, que por rara circunstancia se mantenía latente en mis recuerdos. Pero no se aprenden en la escuela ni en el colegio ni en la universidad muchas de las cosas que sólo vine a comprender después, cuando al cotejar mis estudios, lecturas y experiencias, concluí que apenas ahora, ya viejo, estaba terminando los estudios para el más valioso título profesional, que solamente otorga la universidad de la vida.

Desde hace dos años, abandonado de todos, estoy aquí rumiando mis recuerdos, viendo cómo pasan a mi lado de aquí para allá estas mujeres con sus níveas tocas y una multitud de faldas que les llegan a los tobillos y les quita cualquier asomo de feminismo, silenciosas, rápidas, como si viajaran sobre las nubes, unas ajadas por los años y otras con rostros angelicales, como si antes de querer subir al cielo hubieran bajado de allá; rodeado de hombres y mujeres viejos, que miran a un punto desconocido, que no es otro que el horizonte de sus propias vidas que los demás no pueden ver.

Es el horizonte que nos fijamos cuando niños, el que ignoramos en la juventud, el mismo horizonte hacia el cual camino ahora en la vejez. Viven una existencia mezquina, solamente para ellos, sin nada que los conmueva, que no ríen, ni lloran, ni hablan, ni oyen, ni ven, ni entienden. Hoy y aquí, solitario y sin fortuna, sin pasado ni presente y mucho menos futuro, se regocija mi corazón.

Hoy es un gran día para mí, el más feliz de toda mi larga existencia. En la mañana desperté y al abrir los ojos, estaba de pies frente a mi cama, el viejo Cástulo. Parado allí, apoyado en el mismo garabato que le sirvió para alentar al burro y que después usó como bastón. Los recuerdos se me confunden en la mente y por esa razón no he podido determinar si Cástulo murió hace como sesenta años o fue el año pasado. No lo recuerdo bien, pero en la mañana de hoy lo volví a ver tal como lo conocí, cuando yo era solamente un niño que trataba de garabatear las primeras letras con un extraño y delicado lápiz de piedra sobre un pequeño tablero negro que se llamaba pizarra.

El mismo Cástulo con el que hablé breve y apresuradamente una tarde de un día que no he podido precisar, cuando al regresar del colegio lo encontré rígido y resignado dentro de un burdo cajón de madera que por muchos años había colgado de la viga del desvencijado techo del rancho, en espera del último momento.

—Esto se acabó, muchacho, me dijo. Y en verdad que ocurrió mientras corría como un loco a la casa de la finca para avisar a mis padres de la extraña actitud del anciano.

Quise saludarlo, pero, con un ademán, de esos que acostumbraba, me pidió guardar silencio, como si eso no fuera lo común en este lugar en el que me dejaron mis familiares hace por lo menos dos años. Con la cabeza hizo un movimiento invitándome a mirar la puerta del largo pasillo que nos sirve de dormitorio en esto que llaman asilo o ancianato, y allá estaba, sonriente, con el cuerpo transparente que se alcanzaba a ver sólo por un halo que lo contorneaba, como si lo hubieran dibujado con una luz brillante, tal como siempre me lo imaginé.

Era el ser invisible, el interlocutor de Cástulo, al que tanto intenté ver en el destartalado rancho de la montaña, cuando el viejo me tomaba como blanco de sus cantaletas. No me lo van a creer, pero estoy grandemente emocionado. El corazón me palpita como cuando a los quince años asistí a la primera y furtiva cita de amor con Crucita, en uno de los recovecos de la quebrada que pasaba por el pueblo. Sinceramente, me siento otra vez joven y por eso estoy aquí, tranquilo por fuera, pero con una tormenta de júbilo por dentro.

Como esta noche es navidad, Cástulo vino a traerme un regalo, que no es más que el ser invisible con el que platicaba incansable y permanentemente en el rancho, por cuanto al lugar a donde va ya no lo necesita. Dentro de un momento el invisible vendrá para quedarse a mi lado a compartir mis recuerdos, a comentar los asuntos de la vida, cómo cambian las cosas con el tiempo y las razones para decir que “los muchachos de hoy no son como los de mi tiempo”. Pero sólo él, el invisible, puede comprenderme, y por eso estoy esperándolo.


FIN
















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